“Habría que recordar constantemente que un alcalde no es el dueño de una chacra sino el servidor del pueblo al que representa o pretende representar. Ojalá el nuestro recordara y honrase su palabra sin necesidad de memoriales”

A Cajabamba le está creciendo un bulto. Una cosa extraña, no sé si trapezoidal o prismática, aparecida a un lado de esa caja de cemento que un día nos encasquetaron con el cuentazo de la sala de convenciones.

Un asunto en ciernes, todavía, pero con vocación de rápido avance, que, según me dicen, servirá de pedestal para la fantasía ecuestre de quien se empeña en convertir la imagen idealizada de un general advenedizo que tal vez sea quien más jodió no solo a los cajabambinos sino también a toda Hispanoamérica -en palabras de Jesús G. Maestro- en la imagen emblemática de Cajabamba. Pero, en fin, volviendo al punto, diré que hoy nos quieren encasquetar un delirio en forma de jinete con el cuentazo del capulí, la zamacueca, el zapato y unos lanceros de fábula con los que don Genaro Ledezma exageró los adornos y los alcances de nuestra historia local. Me refiero al monumento de Simón Bolívar (o a los fantásticos Lanceros de la Victoria, da igual), que, según me informan, se erigirá en ese bulto, estorbando el paso y encendiendo desde ya la indignación de los vecinos, por la real voluntad de su alteza edil, don José Morales Soto, quien, al parecer, en este asunto practica con maestría el politiquísimo arte de olvidar la palabra empeñada. Y es que, personas dignas de absoluta confianza me aseguran que el señor alcalde se comprometió a no incluir ese monumento en el proyecto estrella del inigualable ingenio apepista con que él y sus incondicionales pretenden, visionarios ellos, convertir a Cajabamba en un destino turístico de primer orden, sabrá Dios bajo qué criterios, pues ese bulto equino no hará más que estorbar el paso en una calle que ya es lo bastante estrecha como para andar colocando adornos inútiles, y que por ello constituirá un obstáculo, como ya lo han dicho antes los vecinos afectados y los cajabambinos conscientes, para el paso de la Virgen del Rosario en la tradicional procesión del día central en la fiesta de octubre, como también para las de Semana Santa. Pero más allá del inútil estorbo, lo que realmente jode y solivianta los ánimos de quienes hacen notar su voz de protesta es el engaño del que se sienten objeto al habérseles asegurado que no habría estatua alguna, ya fuera de Simón, de Pedro, de José o del lancero desconocido, da lo mismo, pues los firmantes del memorial respectivo lo expresan con absoluta claridad: no queremos monumentos de ninguna clase en calles tan estrechas, y habría que añadir que, sobre todo, tratándose de un capricho cuyo origen solo podrá encontrarse en interminables sesiones de psicoanálisis.

Habría que recordar constantemente que un alcalde no es el dueño de una chacra sino el servidor del pueblo al que representa o pretende representar. Ojalá el nuestro recordara y honrase su palabra sin necesidad de memoriales.

 

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