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Artículo de Luis Alberto Vásquez Vásquez

DULCES SUEÑOS DR. SEGUNDO PEREZ NIETO
Esta mañana se acabó la vida de un hombre extraordinario. Un médico que llegó desde Cajabamba para instalarse en la ciudad de Moyobamba con todo su corazón. Atendió a sus pacientes con amor bajo el juramento hipocrático y ayudó a mucha gente humilde, con las medicinas que no podían comprar para aliviar sus males. Fue Director del Hospital General de Moyobamba y demostró su gran capacidad de gestión para lograr que aquel nosocomio se convirtiera en el mejor del departamento. Conozco de cerca su labor, pues mi madre, Gemita Vásquez trabajó con él, como enfermera y un tiempo después, le pidió que le ayudara en la parte administrativa.

Siempre estaba dispuesto a hacer muchas cosas. Un buen día, junto a otros trabajadores, decidieron formar un club de fútbol con el nombre de Hospital de Moyobamba. Y de la mano y de los sueños del Dr. Pérez, aquel histórico equipo que vestía una camiseta roja, se convirtió en la alegría del pueblo, que deliraba los domingos por la tarde para ver la magia de unos morenos que llegaron desde la costa y lograr que la pasión del fútbol nos abrace a todos. Fuimos campeones tantas veces y estuvimos a punto de logar la hazaña de llegar al fútbol profesional. El doctor Pérez, junto a otros trabajadores del hospital, formaron un comité de apoyo, donde todos sudaron esa camiseta. El Hospital fue la gloria del fútbol y ahora es parte de la historia, gracias a un médico visionario.

Cuando salió del hospital, atendía en su consultorio en el centro de la ciudad y siempre se le veía presuroso con su maletín para salir apurado a atender a algún paciente necesitado. Su vocación de servir estaba en su alma, porque fue un hombre honesto y de palabra.
En el otoño de su vida, caminaba por las calles de esta vieja ciudad, apoyada en los brazos de una señora que le cuidaba con tanto cariño. Se paraba a saludar a los amigos, recordaba algunos rostros, se alegraba al encontrarse con algún paciente agradecido por sus atenciones. Se sentaba en las bancas de la plaza de armas y en su mirada solitaria, se dibujaba el rostro de su esposa, que había partido al infinito, para decirle junto al viento de la tarde, que le esperara.

En los últimos años de su vida, nunca faltó a un evento cultural. Se divertía mucho con las presentaciones de danzas, con las exposiciones pictóricas y le gustaba escuchar, en primera fila, un conversatorio o acto académico de presentación de un libro.
Nos quedamos con su sonrisa tierna, con ese abrazo que muchas veces nos regaló, agradecidos por habernos enseñado la humildad que todo ser humano debería tener en el alma.

Vuele lo más alto que pueda mi querido doctor, hasta el infinito, que una lluvia torrencial le llora al atardecer. Moyobamba ha perdido a un hijo predilecto.

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